Bienvenidos al blog de Tere
Este es el blog de Tere que les quiere expresar sus aficiones literarias, que empieza con muchas ganas de escribir, contar e inventarse a sí misma con relatos e historia de la vida misma.
martes, 7 de febrero de 2012
Robert L Stevenson
Cuando la sombra del marco de la ventana se proyectó sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volví a encontrar a compás, escuchando el reloj. Era el del Abuelo y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades del mismo modo que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación...
Robert L Stevenson
jueves, 2 de febrero de 2012
La disco
Si algo recuerdo con cariño es la etapa de mi adolescencia cuando no eres consciente de los peligros, o simplemente, de los rubores. Si algo añoraba más cuando era una adolescente era ir con los amigos a la discoteca. Mis padres no me dejaban salir porque decían que se fumaba y se bebía mucho y podía caer en las drogas. Pero cuando una es joven no piensa en los peligros. Yo tenía una amiga con la que salía a dar una vuelta por el barrio, a la plaza donde nos reuníamos un grupo de compañeros del instituto. Lo más que hacíamos los sábados o los domingos era ir al cine con ellos. Con dieciséis años lo que una quiere es disfrutar de los amigos, de la vida y de la naturaleza. Un día de verano en que fuimos a un apartamento del sur una amiga me presentó a su hermano mayor, Daniel, que era un chico muy guapo y algo ligón. Así que tan pronto me vio, le brincó el ojo. Se dejaba caer como por casualidad, aparecía con su hermana para hablar conmigo. Yo al principio estaba muy avergonzada pero poco a poco cedí a sus camelos y un día me invitó a la discoteca del pueblo a bailar y tomar un refresco. Yo nunca había ido a la discoteca. Pero como íbamos varios amigos. El caso es que ese ambiente oscuro y estrepitoso no me gustó nada. Mi amiga me decía “no pasa nada, ya verás que divertido”. Al principio bailamos en grupo, todos juntos danzando cada uno a su estilo. La música moderna permite eso que nos movamos a nuestro ritmo. El hermano de mi amiga le gustaba mucho exhibirse y se movía como una serpiente de un lado a otro de la pista, con movimientos eléctricos, como si estuviera en trance. Sonaron muchas canciones de los grupos de la época: Bee Gees, Abba. Pero luego pusieron música melódica que me gustó mucho más. Tan pronto sonó El gato triste y azul de Roberto Carlos mi amigo se aproximó a mí, me cogió de la mano y tiró de mi hacia el centro de la pista. Todas los chicos que no tenían pareja se retiraron a sentarse o a la barra. El me apretó entre sus brazos, me condujo al centro de la pista donde se reflejaban las luces multicolores en los cristalitos pequeños de la enorme lámpara redonda que colgaba sobre nuestras cabezas, girando como al compás de la música. La música era preciosa pero yo no podía dejarme llevar, sentía miedo y vergüenza de bailar apretados. Mi amigo intentó besarme, sus labios rozaron mi cuello, sentí un escalofrío por toda la espalda. El ambiente era de calor y sopor, por mucho que me gustara la música, la vergüenza, el miedo a los impulsos, sentía su cuerpo fuerte y sudoroso, la camisa húmeda. Mi cuerpo temblaba. Cuando terminó la canción me solté de su mano, salí corriendo de la disco, subí los escalones y llegué a la calle. El aire frío de la noche me acarició las mejillas ardientes. Era una noche de luna llena, tenía la parada de la guagua cerca y había una esperándome, como una salvación. Me subí y me marché sin despedirme. Llegué a casa antes de que sonaran las campanadas de la medianoche. Fue mi primera experiencia de salir de noche. Al día siguiente se acababan las vacaciones. No volví a ver a mi amigo pero recuerdo esa canción con cierta melancolía y cierto rubor.
Mario
Mario era un gato blanco y negro que vivía con nosotros desde hacía muchos años. Había llegado a casa con apenas tres meses y nos conquistó el corazón con sus saltitos y maulliditos, así que pronto se hizo el dueño de la casa. Salía a nuestro encuentro cuando llegábamos a casa. A veces se escapaba y nos causaba una tristeza enorme. Todos los vecinos le querían porque el gato se dejaba querer. Le compraban latitas de carne que le dejaban en las esquinas de la calle.
Estaba observando desde mi ventana los ratoncitos que merodeaban en el jardín de la casa, se oía el murmullo de los vecinos que celebraban reuniones familiares, era una noche de verano en la que nadie podía dormir, la gente paseaba cerca sin prestar atención. Desde la ventana de mi casa le observaba su deambular de un lado a otro, estaba intranquilo como si se preparara para cazar alguno ratón despistado.
Eran las 12 de la noche y no podía dormir así que me quedé un rato más escribiendo en el ordenador. Cuando, de repente escuché un escandalo en el exterior de la casa. Pensé que Mario había cazado alguno y pronto me lo traería para que le premiara su trofeo. Pero lo que yo no esperaba es que me apareciera con una rata enorme medio viva que tan pronto Mario la soltó salió corriendo en dirección hacia donde yo estaba. El susto que me dió me hizo caer de la silla y tirar el ordenador donde escribía mi primer cuento. A mis gritos apareció por la puerta mi marido desconcertado, con el sueño pegado a los ojos. En seguida comprendió la situación agarró una escoba y le dio a la rata en todo el hocico que quedó patas arriba. La recogió en una bolsa y la tiró en el contenedor de la basura. Mi marido me mandó a la cama. Encerré a Mario y pronto caí en un placido sueño.
¿Qué podría pasar?
No sabía exactamente qué podría pasar. Tuve una corazonada y me adentré en aquel frondoso jardín que aparecía ante mis ojos. Podría pasar que saliera alguno de sus extraños habitantes y me preguntaran qué estaba haciendo allí. No me importaba, sólo quería disfrutar de ese frescor verde que se respiraba, de esa esplendida maleza. Abrí la cancela con la mano izquierda y empujé con el cuerpo. Me costó porque parecía que no había sido abierta nunca. Al empujar los arbustos que estaban junto a la puerta se doblegaron ante mi presión. Entré. Aspiré profundamente y sentí ese aire vivificador, tragué saliva y avancé. Apenas se veían, desde donde yo estaba, la puerta principal, ni las ventanas, era probable que alguien hubiera oído el ruido de la cancela chirriar. Alguien me estaría viendo, observando, sentí mi cuerpo titubear, sentí cierto flaqueo de mis piernas pero avancé un paso y luego otro. A medida que avanzaba sentía una gran agitación, también algo de miedo. Oí de pronto la puerta abrirse y una figura indefinida se recortó en el marco de la puerta, una figura familiar, alcancé los escalones y me dispuse a subir, miré hacia arriba y la figura ni se inmutó, me esperó hasta que llegué al rellano de la puerta. Me observó detenidamente y sin cambiar el semblante agrio que tenía en su expresión entró en la casa invitándome a seguirle. El pasillo estaba a oscuras y no se distinguía nada delante de mí. Mi anfitrión me adentró en un salón en penumbra y con un gesto me exigió que me sentara. Oí el paso lento, arrastrando los pies, de una persona. Alguien me puso las manos en el hombro derecho y giré automáticamente hacia ese lado. Un rostro viejo, curtido por el tiempo, con una mirada penetrante, intentando descubrir en mi algo, me observaba. Tragué saliva e intenté incorporarme del sillón, la presión de su mano me lo impidió. No sabía qué hacer. Un ama de llave me ofreció una taza de humeante té. La cogí y posé los labios suavemente y absorbí un dulce trago. Sentí en unos segundos un sopor que me corrió por la nuca y una sensación de mareo me hizo flaquear. Me desperté en la habitación de mi casa, abrigada hasta las orejas, mi madre abría las ventanas. Un señor con un termómetro en la mano le decía en voz baja que ya había pasado lo peor.
INFECCIONES Y LA HIGIENE DE CADA DÍA
(Revista Vida Sana, por Eva Díaz)
Una noche loca
Al abrir los ojos pensé que estaba en un lugar extraño, no se oía ningún ruido a mi alrededor, no percibía olores que me pudieran indicar dónde estaba. Una sensación extraña. La noche anterior había sido de locura, ajetreo, nerviosismo. No conseguía concentrarse y recordar. Me dolía la cabeza. Había sido una noche loca.
Marta, mi amiga me habría presentado un chico, hacia apenas un mes que lo había conocido. Recordaba aquellos días, habían pasado tan rápido. Recordaba las flores, los libros, los perfumes, el viaje. Pero no conseguía hacerme una imagen de aquella persona y de qué había pasado.
Mamá me decía que tuviera cuidado con todo, las maletas, los abrigos, el sol, las bebidas.
Las maletas estaban sin abrir, colocadas sobre la mesita. Empecé a recordar.
En el baño se oía un grifo y un leve rayo de luz asomaba por debajo de la puerta, olía a fresco, a gel de baño.
Las cortinas aún estaban pasadas y se presentía el calor y la luz solar que intentaba penetrar en la habitación.
De repente se abrió la puerta del baño y se recortó una figura masculina, brillaban las gotitas de agua en su torso húmedo, exhalaba fragancia varonil. Se dirigió hacia mí, acercó su cara a la mía, “¿Estas despierta, amor? ¿descansaste?”, me besó en los labios, “muuu, no me despiertes” alargué los brazos y tiré de él hacía mí, no deseaba despertarme aún.
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